10 textos escritos
En esta sección encontrará una muestra de los escritos realizados por los participantes de los talleres de Conduciendo a Ciegas. Hay crónicas y cuentos que, a veces más cerca de lo autobiográfico, a veces desde la ficción, nos permiten saber cómo se vive con la discapacidad y cómo se cuenta el mundo.
Atrato - Mauricio Ceballos relata la travesía que debió vivir para llegar al municipio de Vigía del Fuerte en Antioquia, hecho que lo obligó a enfrentarse a un miedo inaplazable: cruzar el profundo río Atrato.

El río Atrato, principal vía navegable del Chocó, gracias al gran caudal de sus aguas, tiene 150 ríos afluentes, algunos navegables; tiene ocho puertos, de los cuales el principal es Quibdó. Navegable durante todo el año en sus 508 km, para embarcaciones hasta de 200 toneladas, sirve de ruta al comercio de Antioquia y al puerto de Cartagena. El río tiene una longitud de 750 km y un ancho variable entre 150 y 500 m y una profundidad de 38 a 31 m. Desemboca en el golfo de Urabá por 18 bocas que conforman el delta del río. Recibe a lo largo de su recorrido alrededor de 150 ríos y 3000 quebradas. Está considerado, por el Fondo Mundial de Vida Silvestre, como uno de los bancos genéticos más ricos del mundo.

El río Atrato forma un amplio valle de tierras planas y anegadizas. Varios caseríos y núcleos urbanos se asientan en la proximidad de sus riberas y a lo largo de su extenso curso. Los más importantes son Quibdó, Curvaradó, Vigía de Curvaradó, Riosucio, La Honda, Cacarica, Puerto Libre y Sautatá.

A esta fuente vierten sus aguas numerosos afluentes entre los que se destacan Cabí, Negua, Quito, Munguidó, Beté, Buey, Bebará, Bebaramá, Tagachí, Murry, Arquía, Buchadó, Bojayá, Murindó, Opogadó, Montaño, Curvaradó, Domingodó, Truandó, Salaquí, La Larga, Cacarica y el León.

En el mes de noviembre de 2017, emprendí un viaje a Quibdó, en el departamento del Chocó, por motivos laborales. En realidad, me dirigía al municipio de Vigía del Fuerte en Antioquia, pero por esos días había que hacer una travesía por Quibdó, ya que a este municipio solo puede ingresarse por vía aérea o por el río Atrato. El aeropuerto del lugar estaba en mantenimiento y, por ello, parcialmente inhabilitado.

Pues bien, el domingo 26 de noviembre, a eso de las 6 de la mañana, llegué al aeropuerto Enrique Olaya Herrera de la ciudad de Medellín, para volar con destino a la capital chocoana y, una vez allí, abordar una “panga” (una lancha grande de madera con uno o dos motores) que me llevaría a Vigía.

El vuelo arrancó sin problemas a eso de las 7 y media. En Medellín hacía buen tiempo, pero no así en Quibdó. Pues después de 45 minutos de vuelo y cuando ya nos encontrábamos en las inmediaciones de dicha ciudad, el capitán informó que por cuestiones climatológicas no podríamos aterrizar y, por ende, nos devolveríamos para Medellín. Yo le agradecí al destino por aplazar un momento más mi encuentro con el río. Pues valga decirlo, no me da miedo volar, ni transportarme por tierra o mar. Mi miedo es bastante específico y muy raro. Me dan miedo los ríos; pero me encantan. Es como una fascinación nerviosa el hecho de encontrarme cerca o con un contacto directo con alguno.

Como un perrito regañado volví ese domingo a la casa. En la aerolínea nos dijeron que el vuelo se cumpliría el martes 28 a las 8 de la mañana. A mí me quedaba apenas bien, pues la panga que me transportaría hacia Vigía salía todos los días a las 10 de la mañana desde el malecón de Quibdó. Tuve 48 horas para tratar de exorcizar mis miedos y decirle a mi cuerpo que no sudara frío, a mi estómago que no se revolcase y, en fin, a mi mente que no elucubrara sobre ese trayecto que tendría que hacer por pleno río Atrato.

Y el martes llegó. El vuelo salió puntual y llegué a Quibdó sin contratiempos. Ahí estaba yo, a plenas 9 de la mañana aterrizando en el aeropuerto el Caraño. Un auxiliar me apoyó en la recogida de la maleta. A diferencia de otras ciudades como Cali o Pasto, el Caraño queda en todo el centro de Quibdó y, de ahí al puerto, la distancia es realmente muy corta. Abordé un taxi y le dije al conductor que me llevara al malecón. Él quiso saber hacia dónde me dirigía. Le conté de mi visita a Vigía. Él, bajándole un poco a la música vallenata, comenzó a hablarme del río. Es uno de los ríos más bravos de Colombia. Tiene más o menos 30 metros de profundidad y es muy caudaloso.

¿30 metros?, pregunté realmente alarmado. Sí, me contestó; el río no solo ha arrastrado los muertos de la guerra. Ahí también se ha ahogado gente. Yo casi le digo que me consiguiera un pasaje para devolverme a Medellín. Pero ya no había caso. Tenía que hacer ese recorrido.

Llegamos al puerto y allí me recibió la señora con la que todo el tiempo había hablado por teléfono. ¿Usted es el que viaja a Vigía?, ¿el de la voz bonita? Yo, más nervioso que halagado, asentí. Me senté en una banca baja, de espaldas al malecón. Mirando hacia la calle por donde había venido.

Al rato, un joven se me acercó y me dijo que ya nos íbamos. Agarró mi maleta y le dijo a otro que me guiara bien hasta la panga. No sin un poco de dificultad me acomodé en una de las orillas de aquel artilugio. Había mucha gente y todos debíamos compartir espacio con los equipajes. Junto a mí viajaba una señora que me preguntó: ¿Lleva bolsa para la maleta? No, le dije asustado pues no sabía. Me explicó que era recomendado envolver los equipajes en bolsas ya que en el recorrido podían mojarse. Hice cara como de que no puede ser, pero ella muy amablemente me prestó una y pude envolver mi maleta.

Arrancamos y, aunque temblaba por dentro, nada podía reflejar ante esa gran cantidad de desconocidos. Las pangas son lanchas muy artesanales que casi siempre tienen capacidad para unas 30 personas. Pero ese día íbamos más de 50. Yo solo pensaba en los 30 metros de profundidad de los que me habló el taxista y de lo bastas que pueden ser las aguas.

Y aunque iba con el chaleco salvavidas, no dejaba de recrear en mi mente el momento en el que la panga por alguna razón se voltease. ¿Qué haría? ¿Para dónde cogería? Las aguas del río se tornan  algo turbias por la cantidad de lluvias que a diario arrojan sedimentos a su caudal.

Muchos de los desaparecidos en el Chocó se cree que han sido tirados al río. Y como éste desemboca directamente en el Mar Caribe, es muy difícil encontrar sus cadáveres. En todo eso pensaba yo, que trataba de acomodarme en mi pequeño espacio, so pena de que mis piernas ya protestaban por lo estrecho del puesto.

Empezamos a sortear aquel río amplio y profundo, en un viaje que duró alrededor de cuatro horas río abajo. Como nos dirigíamos en la misma dirección de la corriente, el viaje fue muy tranquilo y sin sobresaltos. Mejor para mí, que a medida que pasaba el tiempo y, como me puse a hablar con la señora que me prestó la bolsa, me disminuía la ansiedad inicial. Esa misma panga va hacia el municipio de Turbo; cuando se está llegando allí, es más peligroso el río, pues se encuentra con el océano, me contó doña Lucía.

A mitad del viaje empezó a llover y ahí terminé de entender aquello de las bolsas. Llegué vivo pero muy mojado al municipio de Vigía del Fuerte, a eso de las 2 de la tarde. Doña Lucía era la dueña de uno de los almacenes del pueblo y, con ella, pude conseguir una habitación en el único hotel del lugar.

El municipio de Vigía del Fuerte está montado sobre unas plataformas de madera sobre el río. Por ende, las calles son unos tablones inundables por los que las personas caminan generalmente descalzos o se desplazan en bote, que es el medio de transporte interno del pueblo. Los andenes son altos, precisamente para que en invierno que, generalmente es al final del año, el agua no se meta en las casas.

Yo estaba agradecido con la señora Lucía, pues ella me facilitó las cosas en aquel pueblo. Y eso es lo más rescatable cuando una persona con discapacidad viaja solo: esos apoyos desinteresados que se encuentra en el camino; personas como doña Lucía, que te brindan su ayuda simplemente porque se tropezaron contigo.

Mojado y hambriento, pero contento de haber sorteado mi miedo con relativa facilidad, me acomodé en una modesta habitación de un segundo piso. Me cambié de ropa, almorcé algo y me puse a trabajar, al monótono sonido de la planta de energía del municipio, pues es la única forma de tener energía eléctrica durante la mayor parte del día.

La noche llegó. Me relajé en aquel colchón duro e intenté disipar un poco el calor de aquella habitación con un ventilador que apenas si giraba. Me adormecí con el sonsonete de la planta, cuando a eso de las dos de la mañana, de repente, todo quedó en silencio. Se había ido la luz. Y es que a esa hora apagan la planta y el pueblo queda a oscuras, me explicaría luego la secretaria de salud del municipio.

Ya sin ningún ruido, mi oído se agudizó y mi tendencia al insomnio hizo que me quedase despierto un buen rato. Y allí estaban en la mesita que me sirvió de escritorio y comedor. Las oí recorrer las bolsas, treparse por mis blue Jean que se secaban a un lado. Eran las cucarachas y, por el ruidito que hacían, se notaba que eran grandes. Me levanté y me acerqué al escritorio y pude oír cómo corrían en tropel hacia la parte de arriba, donde había una repisa vacía. No me cupo duda en que sí eran esa clase de insectos, porque he leído que te ven en la oscuridad y detectan tu proximidad mediante sensores de calor que tienen en sus largas antenas.

Volví de nuevo a la cama y sin prestarle más atención a los ruidos maximizados en aquel silencio oscuro, de nuevo me quedé dormido. Al día siguiente, me reuní por temas laborales, con la secretaria de salud, quien me decía que estaba hospedado en un muy buen hotel. Naturalmente, no le dije nada de lo modesto del lugar ni mucho menos de la visita nocturna de las cucarachas.

Al medio día y ya sin más que hacer en lo concerniente a mi trabajo, me volví a encontrar con la señora Lucía, quien otra vez fue determinante en mis planes de regreso a Quibdó. Logró averiguar que la panga que venía de Turbo haría una parada corta en Vigía, para posiblemente recoger a quien viajase hacia la capital chocoana. Y así fue. A eso de la una de la tarde me embarcaba de nuevo, pero esta vez aguas arriba de aquel Atrato. Nos tardamos media hora más que a la venida, pero esta vez no tuve miedo. O tal vez sí, pero ya reducido a una ligera inquietud.

Llegué a Quibdó con la satisfacción del deber cumplido y con un poquito de menos miedo a esos seres de la naturaleza que llamamos ríos.

 Por Mauricio Ceballos

Bitácora 451 - Sara, de 21 años, está siendo observada como parte de una misión. ¿El objetivo? Analizar el comportamiento de la raza humana frente a la denominada herramienta “G999”, o smartphone. El resultado de la observación no sorprende.

Acerca de las ignorancias y las felices imprudencias

Por: Denna Saintclair

Introducción 1:

Aquí Bextren 824, delegado de la tripulación Masian 2, operativo de la base 13, zona L, región sur.

Lo que está consignado en esta bitácora, con número 451, es una observación autoconclusiva realizada a expensas académicas, en el país Amarillo, exactamente en la capital (humanamente llamada Bogotá).

El objetivo de esta observación investigativa es recopilar datos que le permitan a la Base 13 determinar qué tan afectadas se encuentran las diversas “especies” humanas con el uso masivo y constante de la herramienta “G999” (comúnmente nombrada smartphone) y cómo afectan las variables este dispositivo el comportamiento de unos humanos hacia otros.

Introducción 2:

Para llevar mi misión a término satisfactorio, se me ha proporcionado un equipo telecimático que me permite tomar una figura humana similar en apariencia a los demás sujetos culturalmente aceptados en el país Amarillo.

Así que elegí ser una mujer de estatura baja, con gafas, vestida de mezclilla y camisa rosada, transformando mi equipo de modulación ósea en algo muy parecido al “G999” para pasar desapercibido.

Posteriormente, di la señal de inicio a la Base 13 y me dispuse a iniciar con mi labor, siendo lo más hostil y energúmena posible, asimilando una actitud cotidiana de una mujer normal en el medio de transporte masivo de la capital.

Esperé en la estación “Banderas” a que pasara el articulado vehicular marcado con la seña puesta por la Base 13 y, faltando 10 minutos para su llegada, revisé en mi equipo de modulación la información de la sujeto “445”, que para efectos de contexto me permito copiar a continuación.

Serie: 445.

Misión: Norian 12.

Equipo: G999-Iphone-5S.

Nombre humano: Sara.

Edad: 21 años terrestres.

Características físicas: mujer mediana, cabello liso, largo y oscuro. Ropa negra y zapatos altos.

Ocupación: estudiante universitaria de “artes”.

Particularidad de reconocimiento: es una chica ciega, usuaria de bastón blanco y un poco introvertida.

Particularidad de equipo: Accesibilidad 90% activada.

Desde este punto, comunico que este informe se vuelve narrativo, por lo cual pido la excepción de “narraciones humanas” para el análisis completo y neutral de la observación.

Sara estaba sentada en la silla azul, nunca le había gustado sentarse en esas sillas, sentía que la etiquetaban como una persona vulnerable y odiaba sentirse vulnerable…

A su lado izquierdo, de pie con un celular en la mano, una mujer rolliza, de estatura baja, de gafas con un jean y una blusa rosada. Y a sus espaldas, una mujer de mediana edad con una niña pequeña en las piernas.

Para no dormirse en el bus, Sara tenía por costumbre llamar a algún cercano que la entretuviera con cualquier trivialidad, mientras ella contaba mentalmente las paradas y observaba detenidamente cuanta gente se bajaba en cada estación.

Ese día había llamado a Leo, su mejor “amiga” y, mientras manipulaba su teléfono, escuchaba cuchicheos que se referían a su teléfono (que tenía la cortina de pantalla activada, lo cual daba una apariencia de apagado, porque a ella no le agradaban los chismosos), asombrados y algo apesadumbrados de que ella estuviera manipulando un aparato que no servía.

Sin embargo, una voz resonaba más que las otras:

–¿Mami, por qué ella habla con el teléfono apagado? –era la niña sentada en las piernas de la señora inmediatamente atrás de Sara.

–Es cieguita, mi amor, seguro también está loquita. No, no la mires mucho, uno no sabe cómo reacciona esa gente –respondió la señora.

Sara, indignada, activó su altavoz y explicó a Leo toda la incómoda situación por la que estaba pasando.

Leo, furiosa, exclamó a un volumen de voz muy alto:

–¡Pero qué bestia es la gente!, ¡por Dios! –y, luego de una exasperada y suspirosa pausa, agregó–. Ellos naturalmente no están locos, están ignorantes, que es mil veces peor.

La señora rolliza de pie al lado se echó a reír y, muy avergonzadas, la niña y la imprudente de atrás, se bajaron en la estación siguiente. Y, con una sonrisa en el rostro, Sara decidió dormir.

Conclusiones:

* Como reza un viejo refrán del país Amarillo: “La ignorancia es atrevida” y la imprudencia pecadora.

* La humanidad tiene mucho que aprender…

 Por: Andrea Lopera

Retos Permanentes - Un diagnóstico inesperado cambia por completo la vida de Solanyi. A mediados de 1981, esperanzada por culminar una etapa de su corta vida, recibe la noticia con la que aprenderá a convivir en las etapas venideras.

Distrito Santiago de Cali

La combinación de múltiples sentimientos (alegría, tristeza, nostalgia, ansiedad e incertidumbre) se agolpaban en mi pecho y en mi mente, cuando llegó ese julio de 1981, momento anhelado para graduarme de quinto de primaria. Atrás quedaban las soleadas tardes de recreo en el patio de cemento, los barullos para comprar mecato en el kiosco de la escuela, la cola interminable para entrar a los tres únicos baños que servían y las escaramuzas que armábamos en el bebedero colectivo con sus ocho llaves oxidadas, donde, después de correr toda la tarde, tomábamos grandes sorbos de agua como lo haría un perdido en el desierto al encontrar un oasis.

El día de la clausura y entrega de libretas estaba segura de haber ganado el año. Cuando finalizó la celebración con brindis y pastel ofrecido a los padres de familia y alumnos, mi profesora Sara llamó aparte a mi mamá y le hizo una recomendación.

–Solanyi es  muy buena estudiante, pero pensamos que es importante que la lleve al médico porque ella debe tener algo que no está bien en sus ojos, a veces se le ven un poco inflamados; siempre se los soba mucho, a veces le lagrimean; pero ella no está llorando, y es curioso porque durante todo el tiempo que estudió aquí, desde tercero, peleó siempre por estar en el pupitre de adelante siendo una de las niñas más altas del salón. Aunque se siente allí, hemos notado cómo aprieta fuerte los ojos, como si no alcanzara a ver lo que está escrito en el tablero.  Así que es importante que antes de que empiece el Bachillerato la haga ver del médico.

Luego dijo:

–La felicito doña María. Espero, Solanyi, que sigas estudiando y no te olvides de que esta es tu casa, la Escuela los Farallones.

Mi madre, quien se tomaba siempre muy en serio las recomendaciones de los profesores, buscó una cita en el Hospital Universitario del Valle y, en 15 días, estaba yo ya en el consultorio de la optómetra y del oftalmólogo. En esta primera cita todo fue fascinante al verme y sentirme rodeada de telescopios, muchos lentes y luces intensas, al fondo un pequeño tablero con letras que yo ya conocía. Me hizo un examen para saber a cuánta distancia yo podía leer, y lo hice casi perfecto con la optómetra. Después me pasaron con el oftalmólogo, un muchacho joven alto de cabello negro, ojos marrones, una amplia sonrisa y muy amable. Él dijo que me iba a hacer un examen para ver dentro de mi ojo para saber cómo estaba, que era algo muy sencillo. Me aplicaron unas gotas que me ardieron muchísimo y dijeron que debería tener los ojos cerrados para dilatarme algo llamado pupila. De regreso en el consultorio el doctor puso lámparas muy fuertes sobre mi rostro, mientras me indicaba que mirara a un lado y al otro con ambos ojos. Cuando terminó, llamó a mi madre y le dijo:

–Encontré algo que me preocupa y quiero que pida otra cita.

Mi madre preguntó:

–¿Es grave?

El medico respondió:

–Aún no sé, tenemos que hacer varios exámenes, espere un par de horas en la sala y luego puede pasar con la optómetra para que le formulen unas gafitas y, así, pueda ver mejor.

Ese mismo día pasamos al consultorio de la optómetra, una mujer de mediana edad muy bonita, de cabello largo y negro, de facciones refinadas y un caminar que parecía danzar en el aire. Me saludó con una voz muy suave y me dijo:

–Por favor, siéntate.

Acercó un aparato semejante a unas gafas gigantes donde fue insertando poco a poco varios lentes, mientras me hacía mirar un tablerito con letras y figuras igual al que había visto anteriormente mientras ponía diferentes lentes y me preguntaba ¿con cuál veía mejor? Para mí fue toda una sorpresa, cuando por fin encontramos unos con los que podía ver las letras nítidas, fue así como me di cuenta de que el mundo no estaba lleno de pepitas y que los colores eran más brillantes y que podía leer sin fruncir el ceño. Esto fue algo que, literalmente, cambió mi manera de ver el mundo y, desde entonces, las gafas hacen parte de mi identidad.

Un mes después regresamos a la cita de control con el oftalmólogo donde nos recibió acompañado por otros dos médicos mayores y después de examinarme por casi una hora y de consultar varios libros le dijeron a mi oftalmólogo.

–Definitivamente sí es lo que estabas pensando.

El oftalmólogo dijo:

–¡Wow!, es la primera vez que tengo una, pero como lo vimos en clase consideré que era importante que ustedes lo pudieran examinar para confirmar el diagnóstico.

Ellos asintieron diciendo:

–Sí, allí están. Se ven claramente alrededor.

Una vez finalizado el examen, ellos le dijeron a mi oftalmólogo:

–Sí, doctor, efectivamente, usted está en lo correcto: su paciente tiene una Retinitis Pigmentaria. Lo felicito, buen diagnóstico.

Luego se retiraron, mi oftalmólogo se acercó y, notando que estaba un poco nerviosa, me tranquilizó y me dijo:

–No te preocupes, todo va a estar bien. Voy a hablar con tu mamá.

Y le explicó a mi mamá que esta enfermedad era algo no muy común, hereditaria y que era una de las primeras pacientes que diagnosticaba con Retinitis Pigmentaria y que en la próxima cita le explicarían con más detalle de qué se trataba. Las recomendaciones que le dio fueron que me cuidara mucho de tener golpes, caídas y recomendó que toda la familia debería hacerse el examen para saber quién más podría tener la enfermedad.

Regresamos 3 meses después, nos atendió el mismo doctor, el examen se lo hicieron a mi madre, a mi hermano menor y a mi hermano mayor. Los tres, aparentemente, estaban bien, mi padre nunca quiso ir al examen. Para él, solamente saber que esta enfermedad era algo raro y desconocido lo impactó demasiado.

Para la cuarta cita, cuando regresamos, nos atendió otro médico diferente, de mediana edad, serio, seco y  con mirada severa. Nos hizo seguir al consultorio y nos dijo que por favor tomáramos asiento. Yo no quise sentarme. Él dijo:

–Bueno, señora, tenemos el diagnóstico y le diremos qué va a pasar con su hija. La única solución que hay sería cambiarle los ojos.

Al escucharlo se dibujó en mi rostro una amplia sonrisa y mi madre me miró también con cara de alivio. Mientras sonreía, le preguntó a este nuevo oftalmólogo:

–¿Y esto cómo se puede hacer?, ¿dónde y cuándo?

Ese doctor la miró arrugando el entrecejo y le dijo con un tono seco y áspero:

–Señora, usted no comprende. Los ojos no se pueden cambiar, lo que le quiero decir es que esta es una enfermedad incurable, tarde o temprano su hija se quedará ciega. Así es la Retinitis Pigmentaria, tal vez su hija pueda ver solo hasta los 36 años y lo más seguro es que ya no pueda ver más.

Sentí que la tierra se abría bajo mis pies, todo se nubló y lo próximo que recuerdo es que me estaban poniendo alcohol en la cara para reanimarme. Mi corazón latía a mil, parecía querer escaparse de mi pecho, no lo podía creer. Me sumí en un profundo silencio, así como en el que quedan los despojos de quien es sepultado. Sentí que algo se me rompió por dentro, hablaban, pero yo realmente no escuchaba, solamente recuerdo que mi madre, con un hilo de voz, dijo:

–¿Eso es todo?

Y el doctor respondió:

-Sí, señora, y lo que le recomiendo es que ella ya no debe volver a jugar esos juegos bruscos fuertes, debe suspender todos los deportes de contacto y todas esas cosas.

Y mi madre le preguntó:

–¿Pero puede correr? Ella sueña con estas competencias.

Y él respondió con una voz desprovista de toda emoción:

–No, nada de correr. Usted tiene que dejar todo lo que está haciendo y, de ahora en adelante, cuidarse mucho. Quién sabe qué tanto pueda hacer ella en la vida, en realidad no se sabe cuándo vaya a perder la visión, pero puede ser en un año o dos o más, dependiendo de cuánto avance la enfermedad.

De repente la alegría de empezar una nueva etapa de mi vida se apagó. Por mucho tiempo me llené de temores. Tuve dos años de intensas pesadillas, dormía con la luz encendida, me despertaba gritando, me sumí en un sentimiento de profunda tristeza y desazón, pues me tocó renunciar a mi sueño de ser atleta de ir a las Olimpiadas o de, por lo menos, correr en competencias en el estadio Pascual Guerrero de Cali. Ahora solo iba a la cancha de Básquetbol, sin poder jugar, solo a mirar y, en fin…, fueron muchas cosas las que esa enfermedad y el miedo me arrebataron durante la adolescencia.

Después de 3 años de diagnóstico, con 15 años, usaba unas gafas gruesas de color oscuro, estaba haciendo ya el bachillerato en el colegio departamental La Merced. Llegué a una etapa en la que quería tener mi independencia, quería hacer lo que yo quisiera. Me inscribí al escondido, con mi amiga Luz Helena Valencia una de mis mejores amigas y mi hermana de corazón hasta hoy día: me metí al equipo de voleibol de la Liga del Valle. Obviamente cuando mi madre se enteró me hizo retirar de los entrenos.

Una tarde saliendo del colegio con mi amiga Martha Taimbu y, mientras íbamos caminando rumbo a su casa, le dije:

–Martha ya no quiero tener más prohibiciones en mi vida, quiero hacer muchas cosas rápido, mientras pueda ver. Esto es una carrera contra el tiempo, quiero asumir los riesgos.

Ella me dijo:

–Bueno, Sol, si es lo que tú quieres. Hazlo, estoy contigo.

Durante años visité la biblioteca departamental en centenario, pedía siempre las enciclopedias para conocer un poco más sobre esas palabras, retinitis pigmentaria. Siempre encontraba lo mismo, eso que dijo el médico con tanta frialdad: una enfermedad degenerativa, irreversible, progresiva e incurable.

***

A mis 18 años había dos escenas que me impresionaron mucho: eran las de dos mendigos ciegos, postrados en el piso, cada uno en una esquina diferente, con una totuma pidiendo limosna, y la gente les arrojaba una que otra moneda. Ver esto fue tan fuerte para mí que me hizo tomar la decisión de luchar siempre por mantenerme independiente, con autonomía para decidir sobre mi vida. Entonces, tomé la determinación de guardar en secreto mi enfermedad, pues no quería que nadie pudiese llegar a imaginarme, por un momento, en el estado como se veían estas dos personas.

Logré sacudirme de todos mis miedos y tuve unas ganas impresionantes de comerme el mundo que eran avasalladoras e insaciables. Y ya me había convertido en una maestra de los secretos al ocultar mi enfermedad.

Durante estos años y en 1994, logré estudiar modelaje en la academia de modelaje top class de Don William Vélez. Allá también, como una de las mejores actrices, guardé mi secreto. La gente me veía con mis anteojos, pero yo me juntaba con mis tacones a la pasarela me los retiraba y caminaba. Eso sí, le pedía mucho a Dios no seguir derecho para irme de bruces, logré hacer varios desfiles. Ante la mirada expectante y el sentimiento de orgullo de mi madre, mi padre y mi prima Marly Ramos.

Trabajé en el distrito de Agua Blanca durante 11 años y, estando allá, cuando terminé la academia de dibujo profesional en 1996, me planteé de una vez el reto en convertirme en una comunicadora social profesional. Fue así como ingresé a la universidad Santiago de Cali.

Viviendo con el enemigo

Durante muchos años sentí aversión por esta enfermedad. Fue en el año 2000, cuando decidí hacer una tregua con ella y un pacto para poder convivir en paz; entonces le propuse que fuéramos amigas, porque íbamos a vivir para siempre en el mismo cuerpo.

Una carrera sin frenos

En el año 2002 me cambió la vida. En el cambio de siglo una noticia cambió mi vida y me estremeció. Se resumía a un nombre de cinco letras: Dolly. Células Madre, Clonación, ADN, Gen.

Después de esa tregua de paz y convivencia que logré hacer con ella, ahora es mi mejor amiga. Vamos a todas partes, hay días en los que estamos muy bien, felices, que son la mayoría, pero otros en los que se comporta mal.

Vivimos más tranquilas y llenas de esperanza: yo, con la ilusión de dejarla marchar para despejar las sombras y, asumo, ella, con nostalgia de despedirse de mí, porque le he permitido ser durante 51 años. Ahora solo espero que esas células madre y esa investigación que hay en la Universidad de California me den la oportunidad para que las células que aún están buenas (conos y bastones) puedan reproducirse nuevamente y que lleguen a la orilla, hasta el borde, y desaparezcan esos pigmentos que se han robado la luz y el color, pero que me han enseñado a ver con el oído, el olfato, el tacto, la piel y, por supuesto, con el corazón.

 Por Solanyi Mosquera Castillo

Mi historia - Entre juegos, risas, ladridos y pequeñas peleas pasan el día Tatiana y sus amigos. De diferentes tamaños, colores y pelajes, todos vecinos suyos. El amor por los animales la lleva a pasar gratos momentos en el parque, pero también a conocer de frente la tristeza.

Cuando era pequeña, mi familia y yo vivíamos en un conjunto cerrado de apartamentos que se llama “La Alejandra 1”; aquel lugar tenía 15 torres, cada una de cinco pisos y dos apartamentos por cada uno. Nosotros vivíamos en la torre 11 apartamento 201. Las viviendas constaban de tres habitaciones, dos baños, cuarto de estudio, patio y cocina.

El conjunto era grande, tenía en su parte frontal un árbol grande, parqueaderos y un mini parque infantil, que unos años después quitaron del lugar; y, por la parte de atrás, tenía una gran zona verde muy tranquila. Afuera de las torres había unas materas anchas que iban de edificio a edificio, sus plantas eran hermosas, con ricos aromas y hermosos colores; para mí la más linda era una enredadera.

Yo siempre he tenido un gran amor hacia los animales, así que toda mi vida he estado rodeada de ellos. Mis papás no nos dejaban tener mascotas en el apartamento, argumentando que los animales necesitaban un espacio grande y que en los lugares pequeños solo producían mal olor. Así que me divertía compartiendo con las mascotas de mis vecinos, por esta razón yo iba a sus apartamentos para que me permitieran sacar a pasear sus perros.

El primero que conocí fue uno de raza french poodle llamado Lucas, que vivía en mi edificio en el apartamento 502. Casi todos los días yo pasaba a recogerlo para dar una vuelta por el conjunto; al llegar, Lucas se ponía muy feliz de verme y movía muy rápido su rabo, jugábamos, corríamos, nos asoleábamos y lo regresaba a su casa.

Años después mis vecinos del apartamento 102 compraron a un perro de raza golden retriever al que llamaron Rocko, con el cual tanto mi familia como yo tuvimos un trato más cercano. Le tomamos mucho cariño, la pasaba en mi apartamento, donde jugaba a perseguirlo mientras él me ladraba. Cuando me veía llegar del colegio corría hacia mí, se me lanzaba encima y empezaba a darme besos.

A veces mis vecinos dejaban que Rocko se quedara en la zona verde asoleándose mientras comía una zanahoria, así que yo, asomada desde la ventana, empezaba a llamarlo, y él se iba corriendo a mi apartamento. Al entrar, empezaba a saludarnos moviendo su cola, luego salíamos a jugar con la pelota. A él le gustaba que yo se la lanzara lejos e ir corriendo a traerla.

John, su dueño, tenía un amigo que se llamaba Jeison, y este tenía un perro de raza labrador chocolate llamado Jacko, muy amigo de Rocko. Algunas veces salíamos Jeison, John y yo a jugar a la pelota con los perros, cada uno tenía la suya. Un día John le lanzó la pelota a Rocko, pero el que la trajo fue Jacko, esto llenó de rabia a Rocko, el cual de inmediato atacó a su amigo. Nosotros tres quedamos asombrados al ver la reacción del perro, pues jamás se había comportado de esa manera con sus amigos.

John y Jeison se pusieron muy nerviosos y corrieron por un balde de agua para separarlos, ya que de esta manera lograrían parar la pelea. Mientras tanto yo muy triste y asustada me quedé pensando en que ya nunca más podría juntarlos. Mis familiares, al escuchar el alboroto de los perros se alteraron mucho y empezaron a gritarme, temían que alguno de los perros me mordiera. Al llegar con el balde, lo vaciaron encima de los perros y, ya separados, los amarraron para irse cada uno a sus casas. Afortunadamente ninguna de las heridas fue grave, tan solo un par de rasguños.

Un día, después de jugar con Rocko en la zona verde, nos fuimos a sentar en las sillas de la parte de adelante del conjunto a que él descansara, de pronto vi entrar a Lucas con su dueña, entonces le dije que si podía quedarme con él y ella aceptó porque sabía que yo lo cuidaría bien. Para poder compartir con los dos, amarré a Lucas en un palito, pero no me di cuenta en qué momento Rocko se le lanzó y lo atacó, yo solo escuché el llanto de Lucas, así que, corriendo, fui a dejar a Rocko en su apartamento y subí muy asustada a llevar a Lucas al suyo. Cuando llegué, la señora me dijo que no me preocupara que era una herida pequeña y que ella lo curaría. Más tranquila, pero triste, me fui para mi apartamento.

Pero no todo siempre fue felicidad, un día John salió a dar un paseo por el barrio con Rocko y regresó angustiado con el perro muy enfermo. Me dijo que Rocko había comido algo en la calle, así que lo llevó corriendo al veterinario, este le dijo que al parecer lo que había consumido contenía veneno, también le dijo que en esos días le habían llevado varios perros con los mismos síntomas y que, a pesar de los esfuerzos, no logró salvarlos. Rocko desafortunadamente no fue la excepción.

John volvió al conjunto llorando muy triste con su perro, cuando me contó lo sucedido sentí que mi corazón se rompía en mil pedazos. Fue el fin de semana más triste de toda mi corta vida, pues había perdido a mi mejor amigo, mi bebé, mi consentido. Abrí la puerta del carro y acaricié por última vez aquel cuerpito frío.

Al siguiente día, muy temprano, los de la funeraria pasaron a recoger a Rocko, dejándole a John una linda cartica de despedida que parecía escrita por su amigo fiel, en la cual decía que no estuviera triste, que volverían a encontrarse algún día en el puente del arcoíris. Cuando el carro iba saliendo, yo muy triste corrí detrás, pues sentí que no podía dejarlo ir, porque sabía que nunca más lo volvería a ver; así que mi familia tuvo que salir a detenerme.

Intenté recuperarme de mi tristeza, pero hasta el día de hoy aún no lo he logrado, continué sacando a Lucas para que jugáramos y empecé a trabajar sacando una hora diaria a varios perritos de otros vecinos, entre los cuales estaban Pancho, Pacheco, dos french poodle, que vivían en la torre 7 apartamento 201, y Campana, una Beagle que vivía en la torre 14 apartamento 401. Por cada perro me pagaban mil pesos, yo cumplía esta labor diariamente desde muy temprano, y la llevé a cabo hasta el día que con mi familia decidimos buscar una casa más grande para vivir.

 Por Tatiana Vargas Porras

Historia de terror - Viernes 13 de octubre de 1995. Juan Carlos Londoño escuchó una voz que lo llamaba desde abajo de un caño. ¿Quién era?, ¿qué quería? La respuesta lo haría emprender una travesía hasta La Mesa, Cundinamarca.

Era un viernes 13 de octubre. Ese día, siempre que llegaba ese día, todos los años, pasaban cosas inexplicables. En el año 1995, el día 13 de octubre, iba caminando por la calle en las horas de la noche, subiendo por el andén donde queda el caño cuando escuché una voz que me llamaba. Miré hacia la parte de abajo del caño donde escuché la voz, pero no había nadie, así que seguí caminando hacia la casa.

De nuevo vuelvo a escucharla. Cuando volteo a mirar, lo que me encuentro es un perro que, al verlo, me habla. Yo quedo impactado, al momento de haber escuchado que el perro me habló vuelvo en sí. El perro vuelve a hablarme y yo salgo corriendo hacia mi casa. El perro me sigue, entro a mi casa asustado por lo que me había pasado y le comento a mis familiares, pero ellos no me creen.

Al otro día, cuando salgo de la casa, el perro ya no estaba. Me dirijo hacia el trabajo, pero quedo con la psicosis de que el perro me hablaba. Ese mismo día cuando salgo del trabajo ya eran las 11:00. Al volver por ese camino para llegar a mi casa me vuelve a suceder lo mismo: el perro aparece de nuevo, pero ahora me llamaba por mi nombre. Mientras oía cómo me estaba llamando, el camino se me hacía más largo que nunca.

En un momento el perro se me acerca bastante y me dice que lo ayudara, que él era un alma en pena, que su alma estaba metida dentro del perro, que el quería ir a descansar. Pero yo estaba quieto, como una piedra, no me podía mover del miedo que tenía. Ni podía hablar.

Cuando volví en mí, lo primero que hice fue correr rápidamente hasta mi casa, pero el camino todavía se me hacía largo y yo pensaba que esto era un sueño. Al momento que llego a mi casa, estoy agitado, con el corazón a mil. Mis familiares me preguntaban que qué me pasaba. Yo les volví a contar lo que me sucedió en la calle y ellos nada que me creían hasta que les dije que miraran afuera por la ventana a ver si el perro estaba afuera en la calle. Ellos miraron y el perro estaba ahí. El perro también les habló a ellos. Quedaron asustados y en ese momento les dije que no les estaba mintiendo. Mis familiares estaban en shock.

Al otro día me decidí a ayudarlo, pero al llegar la noche yo tenía mucho miedo al momento de llegar al barrio y pasar por el mismo lado de siempre. A las 11:00 el perro volvió a aparecer y me decía que lo ayudara. En ese instante le dije que lo iba a ayudar. Él me decía que tenía que encontrar a su familia que vivía en el mismo barrio en la cuarta cuadra anterior a la mía, yo le pregunté que cómo se llamaban los hijos y la mujer. Pero él solo me dio el nombre de uno de sus hijos: Pedro Alfonso Hernández.

Ese sábado fui a buscarlo donde me había dicho, pero no encontré la casa. Al día siguiente volví a ir y estuve preguntando a todos los vecinos y uno en especial me comenté que esa familia hacía mucho tiempo se había ido de ahí y que la casa la vendieron y tenía otros dueños. Este personaje me comentó lo que había pasado hace muchos años con el esposo de la señora. Lo mataron porque lo iban a robar en el negocio que él tenía.

Este personaje me contó que los familiares estaban viviendo en La Mesa. Yo me puse a pensar cómo encontrarlos, pues si no el perro me iba a estar molestando todas las noches.

Al siguiente sábado alisté mi maleta para viajar hacia el municipio de La Mesa, en Cundinamarca y preguntar por la familia del señor. Ese sábado anduve la mitad del municipio, pero no pude dar con ellos. Busqué un sitio para poder quedarme a descansar; al otro día seguí la búsqueda.

Ya siendo casi el mediodía pude dar con ellos. Encontré a Pedro y le comenté lo que me había pasado con el perro y le dije que su padre no se había podido ir a descansar en paz porque le faltaba hacer algo por otro hijo que había tenido con otra persona; le dije: él quiere que usted le dé una parte de su herencia a ese otro hijo para que él pueda estudiar y salir adelante”.

Ese mismo día me regresé a Bogotá, esa semana en la noche ya no me encontraba con ese perro. El señor ya se había ido a descansar. Yo también pude descansar porque ya no se me aparecía nada por el camino.

 Por Juan Carlos Londoño

La casa de mis encantos - Situada en el sur de Bogotá, abrazada por unas casas vecinas, una calle y un barrio hermoso, está la casa de su abuela. Nelcy Mora nos cuenta cómo, con el pasar de los años, esta casa se ha convertido en un capricho imposible de cumplir.

Esta fue la casa donde yo pasé los momentos más felices de mi infancia.

Está situada en el barrio Olaya, al sur de Bogotá. Perteneció a mis abuelos maternos, pero ellos se la cedieron a mis padres por unos años.

Yo, como soy una persona de emociones desbordadas, sentía algo indescriptible al estar allí. Cualquier situación me parecía hermosa y hermoso encontraba también su entorno: la calle, las casas vecinas, y hasta el mismo barrio era bonito.

Por Semana Santa y vacaciones de mitad de año, iba a pasar unos días con mis padres. Para mí era felicidad cuando llegaba el Domingo de Ramos o el mes de julio, porque volvía a experimentar la misma alegría mirando el sol, escuchando la lluvia o a mi primo cantando con su guitarra rancheras o las canciones de Julio Torres o de Buitrago.

Pasaron algunos años sin visitarla y, cuando ya era más crecida, volví por allá y sentí la misma magia de aquellos días.

A mis 17 años abandoné la ciudad y me fui a vivir a mi pueblo. Fueron 18 años que estuve lejos y siempre recordaba aquella casa. Soñaba que estaba allí y me sentía muy alegre.

Pasados esos años, volví a Bogotá y, en mi deseo de estar cerca de la casa, hice lo posible por ir al barrio. Así fue como estuve en dos ocasiones parada frente a esa puerta. Ya mi abuelita había muerto y le había dejado la casa a mi tía la menor, quien la vendió para ir a vivir al norte de la ciudad.

Estando allí frente a la casa, ya me pareció triste la calle y muy sola. Le hacía falta el radio de la tienda del frente, la que siempre tenía buena música y a la que íbamos en esos tiempos a comprar los alimentos. Sentí gran nostalgia por haber perdido el encanto, el que ya no tendría ni en mis sueños, porque, cuando se me fue del todo la visión, se fue también la experiencia de muchos sueños mágicos. Sin embargo, no me ha pasado el capricho imposible de ser la dueña de aquella casa.

 Por Nelcy Mora

La rinoplastia de Locofinto - “¿Quién será este niño que casi ni puede alzar la caneca de la comida?”, pensó Locofinto, el primer cerdo al que se le practicaría una rinoplastia, mientras observaba a Alejo, su inexperto cirujano.

Eran cerca de las 12:00 del mediodía. Alejo entró decidido a acabar rápidamente con esa tortuosa tarea que le habían encomendado en la marranera donde estaban Machirula y Locofinto revolcándose en el lodazal en el que acostumbraban pasar. Revoloteaban tremendos moscardones que hacían un ruido bastante incómodo.

Sin mirar a los malolientes cerdos, continuó su camino cargando la caneca que a duras penas podía arrastrar. Tenía la camiseta pegada al cuerpo a causa del sudor y, por si fuera poca su suerte, se hundieron sus pequeñas botas en el fango. Tuvo que salir a buscar agua para limpiarse mientras zapateaba para tratar de quitarse toda esa mugre.

Estaba toda la familia en sus respectivas actividades, lo sabía porque se percibía olor a sancocho de gallina en la cocina. Deberían ser las señoras que preparaban el almuerzo; también escuchó al tío llamando a las gallinas a comer, gritaba: “¡Toco, toco, toco, toco!” y las gallinas le cacareaban más duro. Miró alrededor buscando la gran roca que le indicaba donde estaba el riachuelo para terminar de limpiarse y de paso refrescarse un poco. Llegó hasta la roca, bajó hasta la orilla, limpió sus botas y manos y, seguidamente, le dieron muchas ganas de darse un chapuzón…

Mientras tanto en la marranera, Machirula le preguntaba a Locofinto en el lenguaje con el que los cerdos se comunican: “¡Oink, oink, oink! ¿Dónde estará don Parmenio? ¿Quién será este niño que casi ni puede alzar la caneca con la comida?”. Locofinto que es un cerdo muy noble, simpático e inteligente, y al contrario de lo que la gente pueda pensar, es un animal muy limpio respondía: “No sé, lo único que sé es que tengo mucha hambre… y ¡hace falta que alguien limpie esta marranera!”.

Alejo, después de haberse refrescado en el riachuelo, recordó lo que le había pedido su tío Parmenio, cambiar el agua del bebedero de los cerdos, echarles la comida, asear un poco… y, mientras caminaba hasta la marranera, pensaba en todo lo que su tío le había hablado de Machirula y Locofinto, que una de las maneras que tienen para combatir el calor es mediante otro cliché propio de su especie: revolcarse en el fango. Por eso, la conocida expresión “sudar como un cerdo” es una gran mentira: los cerdos no tienen glándulas sudoríparas; también recordó que cuando tienen hambre pueden llegar a gritar con más volumen que un avión supersónico, lo que lo hizo apurar el paso.

Antes de ingresar nuevamente a la marranera, limpió el sitio en el que los cerdos hacían sus necesidades, desmontó el bebedero y vació el sistema de agua, lo Lavó con un chorro de agua limpia y lo volvió a montar y se dispuso a llenarlo nuevamente. Se escuchaba cómo el chorro de agua sonaba mientras continuaba con la limpieza de las tolvas de alimentación, para finalizar con la labor que nunca había hecho hasta el momento… echar la comida a los enormes animales llamados Machirula y Locofinto, mientras le retumbaba en la cabeza el llamado de ellos, “Oink, oink, oink”, que solamente quería indicar algo… ¡tenemos mucha hambre!

Alejo siempre estuvo muy pendiente de cómo lo hacía su tío Parmenio, pero en las indicaciones que le dieron esa mañana le recomendaron amarrarlos, debido a que hay ocasiones en que los cerdos tienen que ser sujetados para ser castrados, vacunados, recibir medicamentos, ser destetados y, en ese caso, porque cada cerdo pesa casi el doble que Alejo. Según su tío, los cerdos son animales que todavía retienen su instinto natural de supervivencia y pueden ser imprevisibles, están acostumbrados por lo general a seguir a un balde con alimento y hacer casi imposible la tarea.

Machirula y Locofinto son cerdos grandes y están encerrados en un corral pequeño, por lo cual lo más recomendable es agarrarlos con una cabuya para lazar, son fuertes, enérgicos y sus cuerpos tan lisos que es casi imposible amarrarlos por las patas. Se atrapan por la nariz con una soga que tiene que ser por lo menos de tres metros de largo, con una abertura en una punta para hacer un laso.

Para usarla, Alejo se hizo detrás de Locofinto y le colocó el lazo sobre la nariz, el cerdo no abrió la boca, por lo cual fue fácil deslizar la cabuya de la trompa hasta atrás, la colocó detrás de los dientes que sobresalen y apretó enseguida el lazo. La amarró contra una ramada que había en la pared. Locofinto reaccionó jalando, y así mantuvo tensa y apretada la cuerda; se dispuso a hacer lo mismo con Machirula, pero esta no fue tan amigable como Locofinto. Primero, la tuvo que perseguir por la marranera, al tratar de ponerle la cuerda abría la boca y no podía deslizarla hasta donde necesitaba; después de mucho batallar con la cerdita, lo consiguió y la amarró en la misma ramada en la que estaba Locofinto.

Después de dar un gran respiro de alivio, se dispuso a arrastrar la caneca hasta las tolvas, vació la comida y giró la cabeza para mirar a los amigos amarrados. Los ojos casi se le salen de las órbitas al ver que parecía que estuvieran danzando al ritmo de la música más estrepitosa que te puedas imaginar… giró todo el cuerpo y se acercó lentamente hasta ellos y les preguntó: “¿Qué hicieron?”.

La clásica mirada hacia abajo fue lo que observó en Machirula y Locofinto, indicando un sentimiento de vergüenza, pero entre ellos murmuraban: “Oink, oink, oink, ¡tú tuviste la culpa, nosotros solo estábamos tratando de desamarrarnos!”. Alejo trató de desamarrarlos empujándolos, intentando pasar las cabezas de los cerdos por las cuerdas enredadas y apretadas, preocupado porque tenían amarradas las patas, las cabezas y hasta los pelos…

Examinó cuidadosamente las cuerdas, trató de comprender los nudos e identificar qué vueltas e intersecciones estaban causando ese embrollo, lo intentó desamarrar con los dedos, con una puntilla y con un alambre, porque sabía que había que darle a la cuerda algo de espacio, pero los marranos hacían que las redes estuvieran muy tirantes y todo esfuerzo era en vano y se apretaban más uno con el otro.

Encontró colgado en la pared un machete, se acercó hasta allí y lo agarró. Con este elemento en la mano trató de trozar el amarradijo más grande de un solo sablazo, teniendo cuidado de no cortarse el brazo, una mano o un dedo. Con tan mala suerte que Locofinto torció la cabeza y atravesó su gran nariz entre las cuerdas enredadas y el machete… Lentamente cayó un pedazo de la nariz del desafortunado cerdo al piso de la marranera. Asustado por el desafortunado suceso, desbastó las cuerdas y soltó cuidadosamente a Machirula. Ella se dispuso a acercarse a la tolva para almorzar. Minutos más tarde, teniendo a Locofinto casi desamarrado, echó un vistazo alrededor para darse una idea de cómo arreglar este suceso y evitar que lo castigaran por mocharle la nariz al marranito.

Lo que más abundaba en el sitio era barro, y era muy parecido al color de la nariz del amputado animal, pensó que no había mejor pegamento que el fango seco y procedió a hacer la cirugía al desnarizudo animal. Tomó la nariz y empezó a hacer la primera rinoplastia hecha en un cerdo, tomó un trozo y se esmeró por que quedara muy bien tallada, sin tener ni idea lo que ocurriría después.

Terminó de liberar a Locofinto y este salió muy contento con su nueva nariz a disponerse a darse el banquete del día. Cuando metió la nariz a la tolva para empezar a comer, la rinoplastia se dañó, se despegó el implante de nariz recién hecho, y el cerdo se comió su propia nariz sin dar oportunidad a Alejo de hacer nada más que llamar a su tío para contarle lo que había pasado.

Su tío Parmenio no podía creer lo que le había pasado a Locofinto, tenía la nariz perfilada, se apresuró a llamar al veterinario, quien rápidamente llegó y se dispuso a examinar al desafortunado animal, seguidamente dio su dictamen…

La cortada de Locofinto no afectó el cartílago que separa las fosas nasales, Sin embargo, era necesario estar pendiente de él para que no utilizara su hocico para cavar alrededor en la tierra y buscar comida; y aplicarle medicamentos mientras cicatrizaba y retomaba su normalidad, para lo cual se ofreció Alejo, con esto se creó un lazo de amistad entre ellos.

Seguidamente el tío y el doctor interrogaron a Alejo para saber qué había pasado, cuál había sido la historia de la batalla que había ocurrido allí, para que Locofinto hubiera perdido la nariz, el niño contó la historia y ellos no podían de la risa. Desde ese día contó la historia en festivales de narración oral, cuentería, historias de animales, entre otras y siempre recuerda a Locofinto con cariño.

 Por Alexander Rodríguez

Su aroma me sedujo y perdí - “¡Qué destreza tiene para seducir! Ella me hace desear probar de sus labios aquel sabor agridulce, querer pasar una noche entre sus brazos, dejarme vencer por sus caricias”. En este testimonio, Cristian Montero relata cómo la droga, “aquella dama de la calle”, lo cautivó durante un momento de su vida.

En los momentos más difíciles de mi vida he vivenciado lo que es un amor del que muchos hacemos a un lado, en algún instante de la existencia. ¡Sí!, me refiero al amor de una madre, a ese amor tan único e inmarcesible, a ese amor al que muchos agredimos en dados momentos; y pensar que es la única persona que está para auxiliarnos. Es tan triste darme cuenta de la realidad, a la que estamos expuestos sin remedio alguno, una realidad de la que todos hacemos parte, pero no todos percibimos de la misma forma. Es un flagelo social del que un sinnúmero de madres también huye presurosamente, hablo del demonio de la calle.

El martirio social y religioso es un dolor de cabeza perpetuo a un mundo, si así se le puede llamar a este infierno en vida, un problema que la politiquería menciona tan solo en sus campañas de adorno a un pueblo que clama con voz de angustia. ¡AYUDA! Las lágrimas que se han derramado, a causa de lo ya mencionado, son interminables y, pese a las muertes que cobran vidas sin medida, el dominio de sus mentes sigue en las drogas, ahuyentando la paz de millares de familias.

No se alcanzan a imaginar tantos cuerpos con el alma aprisionada. La mente y el cuerpo en pocas situaciones se conectan con esta realidad, llegando a múltiples rasgos maniacos y destructivos que pueden poner en riesgo las vidas que están a su alrededor. La psicosis hace parte de sus mentes aniquiladas por aquella a la cual consideran su amiga, esa única amiga en la que confían a como dé lugar, es quien los posee de manera perniciosa, llegando a romper con todo lazo afectivo o sentimental.

La droga es una dama de la calle, una sombra sin rostro, una cadena que tortura lentamente, la que te hace caer en lo profundo de sus lúgubres caricias, las cuales lastiman con rudeza castigando la curiosidad de quienes se atreven a traspasar esa oscura puerta; la locura es un aspecto natural para aquellos conejillos de la desolación absoluta, son días y noches enteras de psicosis acompañado de alteraciones perceptuales. El daño que causa es ineludible y lo más decadente es la forma en la que seduce a sus víctimas.

El engaño es evidente, te pinta los mejores momentos, las mejores experiencias. Por ello su semejanza con las mujeres, así como para ellas seducir ¡no es un problema!, pues para la droga tampoco lo es. Entrar a la casa de esta sugerente propuesta solo es la antesala de la muerte en vida; la prisión mental a la que muchas almas llegan con facilidad, pero he allí lo difuso del tema, porque salir es otro asunto, es por ello por lo que quien te la presenta no es más que un adicto al dolor y la tristeza. “Esa sonrisa, no se puede traducir en felicidad, pero sí en, la máscara de la desesperación”. ¿Será que acaso creemos en esa falsa felicidad que nos plantea su tentadora figura?, ¿es acaso la salida a nuestros problemas? La verdad solo la sabemos quienes ya dimos un paso al costado de este frívolo cuento de terror.

Se tejen infinidad de preguntas alrededor de ella, queriendo entender tan siquiera por un instante a quienes abusan desproporcionadamente de ella. No obstante, para probar de sus labios el sabor agridulce, siempre habrá una excusa que les permita creer que pasar una noche más en sus brazos no será ningún inconveniente. Sin embargo, el resultado será siempre el mismo.

Darme cuenta de que mi única compañía es una botella, un cigarro y una que otra pastilla que adormece mi cerebro, es experimentar la soledad más profunda y ver el resultado de los excesos. Nuevamente la violencia se adhirió a mi desesperación por satisfacer mis necesidades de drogarme y recibir amor por unas monedas. Ocasionarle un daño a quien sea hace parte de mi desdén por esta vida, enfrentarme con mis propios demonios me convierte en un maldito bipolar.

En ocasiones suelo escapar de mis crisis maniacas con un cigarro y con unos cuantos gramos de tranquilidad; la locura no deja de sorprenderme. “Cuando le canto a la luna, tan solo me sigue”. Sé que me suicido lentamente, pero mi otro lado me dice que estoy mejor que nunca. A quién hacer caso no es el problema, es cuál de todas esas voces es la mía, cuál será la que razona. Reír y llorar es lo más usual al igual que mi ser violento buscando un refugio de esta tormenta existencial, del manicomio creado por mí. Las horas pasan de manera lenta, el espacio-tiempo ya no es el mismo, pues necesito conseguir para la siguiente dosis de pánico para verterla en el carro que me transportará a otra realidad de la cual seré parte una vez más.

Mis latidos se aceleran, el hambre no es mi prioridad, mientras que mi viaje sea fuera de este planeta. Lo que no logro diferenciar es a quiénes veo, no sé si son producto de mi paranoia o si, en verdad, hacen parte del plano del cual me trato de alejar. Casi a diario tengo fiebre, trato de buscar algo de alimento en el instante en que mi mente aterriza habiendo pasado noches enteras sin probar bocado alguno. Es tan común desvariar; mi enfermedad me golpea hasta el punto de perder la noción del tiempo ¡sí! son pocos los momentos de lucidez, ¿por qué sigo creyendo en un placer que no existe? Tal vez la respuesta es la adicción que me condena, los jíbaros son quienes estarán prestos a vender la llave a la perdición y a la ruina humana, presentada en una papeleta. Esto tan solo es una pequeña parte de lo que se vive en una ciudad atada por la cadena del vicio iracundo, donde el hurto y los asesinatos son los protagonistas a causa de la curiosidad por un peligro indudable, el cual conlleva un desequilibrio infalible.

Por Cristian Montero

Un día en la finca - “Ya esos momentos los viví y al fin y al cabo tristes son, nunca volverán a existir y eso me parte el corazón”, versa una canción. Con nostalgia recuerda José Manuel Redondo aquellos días en que, junto a su abuela y sus primos, visitaba la finca de su abuelo.

En estos días de aislamiento social en los cuales los recuerdos invaden mi pensamiento, recordaba las visitas a la finca de mi abuelo en compañía de mis primos y abuela. Era toda una aventura, ya que, desde que mi abuela empezaba a hacer la convocatoria a todos mis primos, el ambiente era solo de ansiedad esperando ese día de partida.

Mis primos iban llegando a la casa de mi abuela con sus maletines llenos de ropa, juguetes y dulces que sus padres les empacaban en la maleta.

Llegaba el día indicado y yo, como vivía con mis abuelos, madrugaba con mi abuela a la plaza del mercado para comprar todos los productos no perecederos que ella necesitaría para los días de estadía en la finca. Alrededor del mediodía todo estaba listo. Mis primos Diego, Jessica, Samira, Camilo y Gabriela estaban en la puerta esperando el momento de partida.

Con las bendiciones y las indicaciones correspondientes dadas por mis tíos a mis abuelos se daba el inicio a tan recordado viaje. Mientras llegábamos a un pequeño terminal donde estaba situada la buseta que nos llevaría rumbo a la finca, mi primo Diego y yo éramos los encargados del mercado y otras cosas más que mi abuelo José María tenía que llevar para la finca.

Estando cerca del pequeño terminal donde se parqueaban las busetas que viajan hacia la zona, visualizo esa buseta chata de color rojo que alborotaba más la ansiedad de mis primos y de mí, de llegar al destino anhelado.

Por el costado de la entrada de la buseta estaba recostado el señor Campos, el dueño de la buseta que viajaba para ese lugar, donde estaba ubicada la finca. Al salir del pequeño terminal, el señor Campos tenía la costumbre de hacer una estación cerca al paradero donde existía una panadería que se caracterizaba por ese sabroso olor a pan fresco que emanaba del interior del local. Allí se proveían de pan todos los pasajeros, entre esos mi abuelo que tenía que llevar suficiente pan para los visitantes que llevaba para su finca.

Después de allí comenzaba un viaje que duraría aproximadamente dos horas, en el cual se comenzaría a vivir diferentes emociones. Durante el recorrido en la buseta, el ruido y el olor del humo de los carros de la ciudad se disminuían de manera evidente, ya solo se escuchaba los ruidos de la naturaleza que permitía observar ese contraste entre lo pálida y caliente de la ciudad con lo alegre de los colores verdes y marrones de los grandes árboles que estaban a cada lado de la carretera, uniéndose entre sí en sus altas ramas, dándole al camino un aspecto de arcos que decoraban la calzada, como una bienvenida a lo natural, y dejando atrás lo artificial que tiene el cemento y el asfalto con lo que está construida la ciudad.

Al seguir con el recorrido, las pocas y coloridas casas que estaban a la orilla de la carretera hacían mágico el trayecto, ya que para ese tiempo los caballos, burros y mulas eran el medio de transporte más utilizado y, para mis primos y para mí, era emocionante verlos pasteando por los potreros que colindaban con la calzada, ya que era muy difícil ver un caballo en la ciudad.

Continuando con el viaje, a lo lejos se visualiza el rio Zulia, el cual se presenta con estruendosos sonidos debido a choques entre la fuerza de la corriente y las piedras que están por todo su cauce. Este iba indicando que el recorrido estaba por terminar y la emoción por empezar, ya que la buseta nos dejaba en un caserío llamado Pedregales, desde el cual había que caminar aproximadamente un kilómetro por carretera destapada, pero eso no limitaba la ansiedad de llegar a la posesión de mi abuelo.

Después de 20 minutos de camino observé ese árbol de mango que estaba inclinado por causa de un fuerte ventarrón que dejó la mitad de la raíz por fuera y el restante enterrado.

Al llegar a la finca, mis primos y yo dejamos todas las cosas que traíamos y, con rapidez, nos cambiamos y nos fuimos a bañar en la quebrada que pasaba por detrás de la casa. Entre risas y juegos se pasó el resto de día disfrutando de la tan anhelada llegada a la finca.

Llegada la noche, el silencio y la oscuridad se adueñaban del entorno, ya que en ese tiempo, para esa zona, no había servicio de electricidad y solo se alumbraba con velas y mechones elaborados con ACPM. Un radio de marca SONY sintonizado en Caracol Radio, en el programa La Luciérnaga, era la distracción por el singular humor que caracteriza ese  programa, el cual era la compañía durante la cena. Por otro lado, mi abuela y abuelo adecuaban las camas con toldillos y, al mismo tiempo, fumigaban con RAID para matar los mosquitos. El silencio de la noche hacía que los agudos ruidos de grillos, zancudos, ranas y pájaros nocturnos hicieran que el proceso de dormir se volviera más tedioso, ya que muchos de mis primos eran súper miedosos. Así iba terminando el primer día de vacaciones en la finca.

Al siguiente día el canto del gallo indicaba que era la hora de levantarse, porque nuestro abuelo nos hacía madrugar a mi primo y a mí para emprender las labores de la finca. Entre tanto observábamos cómo amarraban los terneros mientras ordeñaban a las vacas. Y, mientras amanecía, el canto de los pájaros amenizaba la mañana con sus variados cantos durante la salida de un radiante sol que hacía espectacular el amanecer. Luego nos alistábamos para ir al caserío para vender la leche.

Después del hermoso amanecer nos alistábamos para salir al caserío a vender la leche para comprar la carne para el almuerzo y, por último y menos importante, comprar el hielo y pedirle el favor al señor José Miguel que nos licuara el jugo que nos servirían a la hora del almuerzo. Esta iba a ser la rutina durante los siguientes ocho días de estadía en la finca, la cual nos pareció divertida el primer día, pero no para los siguientes. Al regresar del caserío, mi abuela nos esperaba con un suculento desayuno compuesto de unos ricos huevos criollos, arepa y un sabroso café con leche recién extraída de la vaca, con el cual se nos olvidaba la caminata que habíamos tenido mi primo y yo. Enseguida del desayuno había que llevar las vacas al potrero correspondiente, darle de comer a las gallinas, patos, gansos y pajaritos que estaban en jaulas al interior de la casa y, posteriormente de ello, quedábamos libres de cualquier oficio mi primo Diego y yo.

En ese momento nos íbamos a jugar con el resto de mis primas en el árbol caído y casi siempre la jornada de juegos terminaba en la quebrada.

Mientras escribía este relato llegaban a mi mente los mágicos colores que brinda la naturaleza, ese verde fuerte del pasto y ese amarillo de los mangos o naranjas indicando que está en su punto más alto de maduración y deben llevársela a la boca y deleitarse con su dulce jugo. También recordaba las cristalinas aguas del río cuando nos bañábamos mis primos y yo y se me hacía agua la boca al recordar ese espumoso vaso lleno de leche recién salida de la ubre de la vaca.

Como dice una canción: “ya esos momentos los viví y al fin y al cabo tristes son, nunca volverán a existir y eso me parte el corazón”. Así yo voy culminando este relato de la vida y sus colores, lo bonito que es para mí recordar ese tiempo y vivir de nuevo esos momentos que uno quisiera que nunca acaben.

 Por José Manuel Redondo Zapata

Un miedo raro - Cuando llegue el día, deberá estar preparado para enfrentarse con valor a su fobia. Este relato recoge el testimonio de un hombre que, a causa de diferentes situaciones que vivió en su infancia y juventud, le teme a todo lo relacionado con la sexualidad.

¡Hola! La historia que les narraré a continuación resalta uno de mis mayores miedos que tengo en mi larga lista. El miedo protagonista de esta crónica es un poco raro, como lo dije en el título y éste es ¡la sexualidad!

Para comenzar la historia, les comento que en mis años de primaria tuve la oportunidad, alguna vez, de recibir orientación sobre este tema tan importante en la vida, pero ese aprendizaje para mí no fue serio, ya que, aunque los profesores nos explicaban el tema con toda la seriedad que implica, los compañeros lo llevaban por la parte morbosa. En mi inocencia infantil yo escuchaba a los compañeros hacer chistes pesados sobre este tema, pero lo que yo hacía era repetir como un lorito las palabras de morbo que este trae. Los compañeros me empezaban a molestar con este tema del sexo y eso me incomodaba bastante, ya que aunque es interesante aprenderlo para bien en nuestra vida, nunca me he interesado por tener una relación sentimental con nadie. En realidad, me da mucho miedo perjudicar a esa persona por no tener conocimiento serio de la sexualidad y, en realidad, no me siento preparado para asumir relaciones de esa índole.

Tengo varias anécdotas con este complejo tema y aquí resaltaré algunas de ellas:

El martes 16 de julio del año 2002, mientras cursaba mi primer año de primaria, me encontraba jugando en el parque del colegio con varios amigos de distintos cursos y en esa época había una niña en preescolar llamada Sabrina Cortés. Varios de los compañeros inventaban que Sabrina y yo éramos novios, y, esa tarde, 3 maldadosas compañeras nos hicieron meter en un problema a los 2 con Sabrina.

Ellas nos pidieron que nos diéramos un beso en la boca e inocentemente lo hicimos. Las 3 compañeras comenzaron a burlarse de nosotros y a gritarle a todo el colegio nuestro supuesto noviazgo. En ese momento nunca me imaginé el problema que se me iría a formar tanto en el colegio como en la casa, ya que no conocía la seriedad que traería el hecho de darnos un beso. Yo lo había tomado como un juego, porque así me lo hicieron ver las maldadosas compañeras. Como al día siguiente varias de las profesoras se enteraron de esto y, por coincidencia, nuestras directoras de curso también lo supieron, nos enviaron a cada uno una nota en el cuaderno de comunicaciones narrándoles a nuestros acudientes lo sucedido y, en lo que a mí respecta, mi mamá me regañó fuertemente por la acción cometida. Este hecho fue perdonado rápidamente por mi mamá, al poco tiempo estábamos bien pero desde ahí comenzó mi miedo por el tema de la sexualidad.

El tiempo seguía avanzando en la época de la primaria y en las clases de psicología, que en ese tiempo era una de mis áreas favoritas, no se dejaba de hablar de la sexualidad y su importancia. Como en varias sesiones de psicología estaba presente la trabajadora social del colegio que tenía un amplio conocimiento sobre el tema, no se dejaba de analizarlo. Ella nos explicaba la diferencia que hay entre el significado de las dos palabras, ‘sexualidad’ y ‘sexo’. Yo trataba de entender los dos conceptos, pero los compañeros de curso no desaprovechaban la oportunidad para hacer chistes y burlarse de mí.

En esas burlas me hacían la siguiente pregunta: “¿Usted ha hecho el amor alguna vez?”. Yo me quedaba callado sin saber qué decir por el miedo y los chicos con insistencia me decían: “¡Respóndanos que sí! ¡Queremos oírlo de sus palabras!”. La trabajadora social pudo evidenciar mi miedo por el tema y, aunque conmigo era una verdadera porquería, me defendió ante las burlas de los compañeros. Yo deseaba que terminaran esas sesiones en las que se tocaba el tema de la sexualidad, porque para mí era muy incómodo escuchar del tema.

Mi etapa escolar transcurrió e ingresé a bachillerato en el año 2007. Yo seguía asistiendo al colegio donde estudié la primaria, ya que allí habían abierto una escuela de música para estudiantes de ese plantel e integrados de la institución en la jornada de la tarde. Yo no asistía todos los días, ya que los días martes en el colegio aprovechaba la oportunidad en la jornada de la tarde para adelantar las tareas con alfabetización orientados por nuestra tiflóloga y estudiantes de los grados décimo y once, quienes debían prestar un servicio social de determinada cantidad de horas para poder graduarse. Por lo anteriormente narrado, yo no asistía a la escuela de música el día martes, pero el resto de la semana allí estaba.

Durante el segundo semestre del 2007 y todo el año 2008, fui objeto de un profundo abuso sexual el cual me hizo una persona supuestamente amiga y, lo peor, era docente de la institución donde realicé mi primaria y donde en esa época, supuestamente, estaba avanzando en mi aprendizaje musical. Esto me llevó a retirarme de esa institución a fin del año 2008, dejándome una gran secuela emocional. Unos días después de terminarse el año escolar allí, yo me encontraba aquí en casa conversando un rato con una de mis tías y, en ese momento, hablamos de ese supuesto amigo; yo comencé a revelar uno a uno los detalles de ese siniestro episodio de mi vida y mi reacción, después de contar esto, fue un ataque de llanto muy sentido  y casi un desmayo.

Alejarme de esa persona no fue nada fácil; seguía llamándome con insistencia al fijo de la casa o al celular buscando hablar conmigo. Finalmente, el miércoles 24 de diciembre del año 2008 delegué a mi tía para cortar con esas comunicaciones intensas y le pedí el favor de que contestara mi celular. Ella respondió y en una frase le dijo lo siguiente: “¡Él ya no quiere hablar más con usted!”. Yo creo que la navidad se le dañó al personaje, después de ese anuncio, pero lo que yo sí resalto es que después de ese día, no siguió molestando más.

Me enamoré perdidamente de una compañera invidente en mi último año de bachillerato; para esa época, ella estaba cursando séptimo grado en el mismo colegio, pero teníamos edades muy iguales. Hicimos 3 intentos de ser novios y, aunque el segundo de ellos duró más, su final para mí fue muy cruel. Ella me confesó su infidelidad en la cara el viernes 10 de junio del año 2016, cuando visité el colegio por una diligencia que debía hacer y al encontrarse conmigo terminamos. Mi dolor fue tan grande que me alejé por completo de ella poniendo fin a nuestra amistad. Ya no valía la pena seguir tratándola y para no hacerme más daño yo decidí alejarme.

Mi vida continuó normal y el miércoles 20 de junio del año 2018 la volví a ver en la cooperativa Cootrasín, ya que ella intentó ingresar al coro; como yo formaba parte de la misma agrupación, me llevé una sorpresa muy grande y la verdad no sabía qué pensar. Volvimos a “tratarnos”, y el sábado 2 de marzo del año pasado decidimos hacer un tercer intento de noviazgo.

Como segundas y terceras partes nunca son buenas, este último intento no prosperó debido a que ella era muy dispersa. Muy tarde entendí que ella cambió demasiado conmigo.

Para cerrar esta crónica, debo concluir que mi miedo por este importante, pero complejo tema, sigue vigente en mi vida. No me interesa buscar mi vida sentimental, porque siento que aún no la necesito, teniendo a mi familia a mi lado. Si en algún momento Dios me brinda la oportunidad de darme nuevamente la oportunidad en el amor, bienvenido sea, pero ahora yo no me afano por eso. Para mí es algo irrelevante en este momento y solo debo concentrarme en superar esta horrible fobia y prepararme más para cuando ese momento llegue y poder enfrentarlo con valor.

Esta es mi crónica sobre el miedo; la verdad es un miedo bastante raro, pero en mi caso es muy real después de hacer lectura de ésta crónica. Dios permita que aquellas personas que hayan padecido este horrible miedo ya lo hayan superado y, si tienen ya una familia consolidada con todos los valores humanos, logren conservarla muy bien.

Por ‘Millos 94’

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